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PREGÓN DE LAS GLORIAS 2016

¡Qué devoción más extraordinaria! ¡Qué compendio de sensibilidades en la magnanimidad de un rostro!


Salió a la calle. Tras él se enterraba gran parte de su memoria. Alguien cerró los portalones de la vieja casa, cercenando una gran parte material de su vida; con él salía todo el amor hacia el Todopoderoso, ungido en aquellos muros que contemplaran sus existencias, toda la magnanimidad con la que fue instruido y que intentó transmitir, por las gracias que le fueron concedidas por ese gran poder que mana del Espíritu Santo, por la actuación, siempre acertada y oportuna, que obraba en su alma las Maravillas de María.

Ya no le importaban aquellas circunstancias que variaban sus costumbres vitales; ni aquellas promesas llenas de progresismos acatetados que le fueron implantados y que  subyugaban razonamientos sobre un bienestar que venía adjunto a la prosperidad por la que tanto habían luchado, el regalo al esfuerzo por la consecución de una vivienda digna durante muchísimos años. Aquello llegaba tarde, con el retraso de la imposición de las ausencias, con la merma de la presencia de aquella mujer con la que pasó casi toda su vida.

Era tarde porque los sueños que no se comparten con quién se quiere, con quienes fueron engendrados, con quienes te quieren, se prenden y consumen en la desazón de la peor nostalgia. Era tarde porque no podía asirse del brazo de Esperanza, su mujer, y atravesar juntos la calle Castilla y luego el puente, deambular por las calles de la vieja ciudad para llegar, con las últimas luces de la tarde, con las prisas arrinconando los primeros fríos de noviembre, hasta las puertas de Omnium Sanctorum, y ver salir el cortejo, y luego a la Virgen de Todos los Santos.

¡Qué devoción más extraordinaria! ¡Qué compendio de sensibilidades en la magnanimidad de un rostro! La emoción rebozaba por cada uno los poros de su piel mientras en los labios de la mujer se musitaban, una y otra vez, las oraciones, los rosarios, y una petición que jamás pudo llegar, su esposo, a desentrañar.

La acompañaban por la calle Feria. Él en silencio, a su lado, observándola, cambiando los caminos de las arenas por las irregularidades de los tramos adoquinados; ella embelesada por la dulzura de aquel rostro que le había robado el corazón cuando la mano materna la acercaba hasta su altar, en los años en los que vivieron en la Macarena, y una voz suave y delicada, le musitaba que aquella era la Madre de Dios, la Bienaventurada, la bendita Mediadora, y que aquel Niño hermoso era el Cristo, el Redentor, el que todo lo puede y todo lo entrega. En la infancia quedó prendado aquel mensaje que se reflejaba en el semblante pleno de dulzura que mantenía en vilo sus expectativas, a Quién pedía cuando los hijos enfermaban, cuando las circunstancias laborales se estrechaban porque las peonadas en el puerto eran cada vez menores y la escasez convertía la cotidianidad en un supremo ejercicio de supervivencia; a Ella encomendó el alma de su padre, y luego la de su madre, para que disfrutaran del descanso eterno junto a Dios, en aquellas marismas que otros hermanos buscaban desde la Macarena. A Ella, a la Virgen hermosa de Todos los Santos, encendía Esperanza, cada mañana, sin faltar ninguna mientras vivió y las fuerzas se lo permitieron, una mariposa que flotaba sobre una marea de aceites.

Antonio García Rodríguez

Foto: Juan Flores / Pasión en Sevilla